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ECONOMÍA DE LA SALUD
    



EL VALOR DE LA SALUD

 

Palabra clave:  ECONOMÍA DE LA SALUD. VALOR DE SALUD.

tomado de http://www.buenafuente.com/bf/lenota.asp?idnota=6307

Matilde Sellanes

Puede decirse que el crecimiento económico y la salud ejercen entre sí una suerte de causalidad recíproca. En el ámbito académico el tema está instalado. Y respecto a las teorías económicas que impactaron la salud en los ’90, el cambio podríamos animarnos a decir que es paradigmático. En este primer ateneo vamos a discutir el valor de la salud desde un punto de vista económico. Usted está invitado a participar.

Autor: Carlos Vassallo
En los últimos y dolorosos tiempos, los argentinos nos hemos transformado en observadores, acaso no entrenados ni adecuadamente preparados para ello, de dos realidades que siempre estuvieron en nuestro ángulo de visión, pero que nunca habían sido un campo visual obligado para todo análisis o simple reflexión que emprendiéramos: pobreza y desocupación.

Casi invariablemente esto incluye una primera lectura de impacto con mediciones y datos estadísticos, datos duros que los medios dispensan demasiado blandamente. No menos cierto es que esa atracción fatal por los indicadores y las estadísticas termina deslumbrando, y no porque quedemos exactamente admirados, sino porque no alcanzamos a ver el resto del escenario, ni que hablar de las bambalinas. Los números parecieran imponerse por sí mismos (cosa ideal en los códigos del acotado espacio de los titulares periodísticos), evitando otras propuestas o enfoques que trasciendan lo cuantitativo que, aunque no parezca en estos tiempos, jerárquicamente es siempre una categoría menor de conocimiento, más si se trata de mediciones estadísticas dominadas por los “promedios”… ¿Qué se pierde? Conocer las cosas a través de sus definiciones, sus causas, efectos y consecuencias, proyectarse más al mediano y largo plazo, y sobre todo expandir la comprensión de los temas agregando aristas que no conviene ignorar u olvidar a la hora de los debates y la toma de decisiones.

Es así que los diarios informaron sobre una situación de pobreza record en el país en el 2002-2003: “Los datos de la última Encuesta Permanente de Hogares (EPH) correspondiente a octubre de 2002 muestran una realidad social muy dura. Este relevamiento indica que un 57,7% de la población, es decir, más de la mitad, vive bajo la línea de pobreza. Y un 27,7% está bajo la línea de indigencia, es decir que más de un cuarto de la población tiene ingresos inferiores al valor de la canasta básica exclusivamente de alimentos. Según los datos oficiales, no existe precedente en la historia moderna de una situación así. Ni siquiera en la época de la hiperinflación a fines de los 80, cuando eran comunes los saqueos a supermercados para conseguir comida, el nivel de pobreza era tan acuciante”

Y a su debido tiempo nos enteramos de los nuevos datos producidos por el INDEC, que en sí mismos eran toda la noticia (una buena noticia ya que los indicadores habían mejorado…): “A mayo de 2003 se registra un leve descenso de la pobreza y la indigencia en la Argentina. En mayo del 2002 era pobre el 54,7% de los residentes en las áreas urbanas, en tanto que en octubre de 2002 se había alcanzado un pico histórico de 57,5%. Correlativamente, ya que las mejoras alcanzan los sectores de ingresos más bajos preferentemente, también la indigencia, representada por las personas cuyos ingresos no bastan para cubrir sus necesidades alimentarias, bajó de 27,5% (y del histórico 27,7% de octubre de 2002), a un 26,3%. Por otro lado, el INDEC estimó que, sin el plan Jefes y Jefas, la proporción de pobres sería de 55,3% (0,6 puntos más que la efectivamente registrada) y la de indigentes 29,7% (+3,4). Y consistentemente con la histórica desigualdad social que encierran nuestras fronteras, en el norte de la Argentina y en el segundo cordón del Conurbano bonaerense la situación social sigue siendo crítica, con cifras por ejemplo en el noreste de un 70,2% de las personas en la pobreza y un 37,3% en la indigencia, o del 66,9% y 31,2% respectivamente para el noroeste argentino para la misma fecha.”

Algo es indiscutible: en la nueva fisonomía de la Argentina, la pobreza es un renglón obligado en todo análisis que se emprenda desde la salud o desde la economía, y los dos binomios enfermedad-pobreza y salud–desarrollo económico adquieren una actualidad y una fuerza que llama a enfocarlos de manera tal que superen la mera antinomia, buscando identificar canales de articulación constructiva.

Es sabido que los lazos que vinculan a la salud con la reducción de la pobreza y con el crecimiento económico a largo plazo son mucho más sólidos de lo que suele creerse, y cada vez hay más aportes científicos y estudios “duros” que abogan esta tesis. En términos económicos, la salud y la educación son las dos piedras angulares del capital humano, que es, según demostraron los premios Nobel Theodore Shultz y Gary Becker, la base de la productividad económica del individuo. Como ocurre con el bienestar económico de cada familia, la buena salud de la población es un factor esencial para la reducción de la pobreza, el crecimiento económico y el desarrollo económico a largo plazo a la escala de sociedades completas. Una sociedad pobre puede caer en lo que se conoce como “trampa de la pobreza”, donde la mala salud contribuye al estancamiento o caída del PBI, y este estancamiento o caída impide a su vez una mejora de la salud, que no es otra cosa que la visión “en macro” de lo que sucede con un individuo enfermo (en edad productiva, o un niño por ejemplo, y la situación económica de una familia…).

Pero al estar hablando de sociedades o poblaciones, estamos hablando de procesos que se dan en el largo plazo e involucran generaciones, que no son circunscriptos sino que van permeando todas las capas socioeconómicas y afectando todas las esferas y actividades de las sociedades. En otras palabras nadie tiene la seguridad de quedar exento, pero hay tiempo para ajustar el análisis, ampliar las miras y corregir rumbos. Globalmente y en la era de los consensos, tanto los analistas como los responsables de la elaboración de políticas nacionales y trasnacionales tienen un amplio acuerdo en reconocer este hecho. La coincidencia es fácil de enunciar: Las inversiones en salud merecen, pues, un lugar preferente en las estrategias de reducción de la pobreza. No obstante, cuando se baja a la esfera de la aplicación suele subestimársela en cuanto a su importancia cualitativa y cuantitativa, a su prioridad en la agenda política y tanto más en la asignación de inversiones.

Vale la pena recordar aquí que el enfoque económico tradicional implicaba al desarrollo económico como un elemento clave para mejorar los niveles de salud de las poblaciones, lo cual tiene ecos demasiado cercanos a la teoría del derrame, discutida por minorías en los ’90 y derrumbada por los hechos que afectaron a otras minorías que no podían ni sabían discutir ya entrados loa años del 2000. (Mirando hacia fuera, tenemos hoy un nuevo ejemplo cercano en Bolivia y otros países andinos…). Pero desde hace relativamente poco tiempo economistas e investigadores han comenzado a analizar esta relación a la inversa: ¿cuán importantes son los efectos a largo plazo de buenos niveles nutricionales y de salud sobre la formación y acumulación del capital humano, sobre la productividad y competitividad de la fuerza laboral, y sobre el crecimiento económico de largo plazo de un país?, para citar textualmente los dichos de la OPS.

Las evidencias han ido sumándose para apuntalar la nueva hipótesis, en donde la salud, más allá de justificarse en el plano individual como un bien en sí mismo que no requiere otra justificación que lo debido a la naturaleza y dignidad de la persona humana, va adquiriendo un “valor” clave como inversión en capital social. Y abandonando el abuso de criterios de intangibilidad, comienza a aprobar los tests de costo-efectividad tan “apreciados” hoy en día… Y citamos al respecto el Informe de la Comisión sobre Macroeconomía y Salud de la OMS, presidida por Jeffrey Sachs :

“Las sociedades con una importante carga de morbilidad tienden a sufrir numerosos impedimentos de envergadura para el progreso económico. A la inversa, varios de los grandes «despegues» de la historia económica, como el rápido crecimiento de la Gran Bretaña durante la Revolución Industrial, el despegue del sur de los Estados Unidos y el rápido crecimiento del Japón a principios del siglo XX, y el dinámico desarrollo del sur de Europa y Asia Oriental en las décadas de 1950 y 1960, estuvieron respaldados por importantes progresos en la salud pública, la lucha contra enfermedades y la mejora de la alimentación (ésta, además de incrementar los niveles de energía y la productividad de los trabajadores, redujo la vulnerabilidad a las infecciones). El registro más impresionante de estas tendencias históricas procede del trabajo del profesor Robert Fogel, cuyos estudios fundamentales esclarecieron la relación entre el tamaño corporal y la alimentación, y demostraron que ésta es esencial para la productividad laboral a largo plazo (Fogel 1991; 1997; 2000). En Europa, los descensos seculares de la mortalidad observados durante los últimos 200 años estuvieron impulsados en gran medida por la mayor disponibilidad de calorías en el régimen alimenticio, así como por los avances en la salud pública y la tecnología médica. Fogel afirma: «El aumento, a lo largo de los últimos 200 años, de la cantidad de calorías disponibles para el trabajo ha debido contribuir en grado nada desdeñable a la tasa de crecimiento de los ingresos por habitante de países como Francia y Gran Bretaña.”

Es decir, las diferencias en salud han jugado un papel clave a la hora de entender por qué algunos países han tenido un crecimiento económico más dinámico, y deben ser mencionadas junto con otros factores ya acordados, como la educación, los avances tecnológicos y la acumulación de capital físico, cuya importancia no discutimos. Igualmente cierto es que un desarrollo económico rápido y un desarrollo humano lento en los países, con persistencia de niveles de desigualdad en la distribución de la renta y de severas inequidades sociales y sanitarias, no ha probado ser un proyecto sostenible.

Puede decirse que el crecimiento económico y la salud ejercen entre sí una suerte de causalidad recíproca, en donde el primero influye sobre la segunda y a su vez ésta posibilita que continúe en línea ascendente el desarrollo del primero. Y a partir de una clara percepción de la mejor salud como consecuencia del crecimiento y más propiamente del desarrollo económico, se avanza cada vez más a entenderla como su causa, con una premisa que no ha variado: la relación entre ambos siempre ha sido compleja. En el ámbito académico el tema está instalado. Y respecto a las teorías económicas que impactaron la salud en los ’90, el cambio podríamos animarnos a decir que es paradigmático.

A partir de estos hechos, es posible trascender la visión de coyuntura e incluso la visión cercana (que igual se nos impone per se…), y animarnos a contextualizarla con los horizontes posibles al largo plazo para nuestro país. La idea es instalar el tema (de modo interactivo?) a través de un marco contextual, mediante documentos básicos y contribuciones de autores destacados, que iremos ampliando, vertebrados a partir de dos enfoques disciplinarios tan acuciantes como son la salud y la economía, últimamente más empujadas a la sala de guardia (cuando no al quirófano…) que al enfoque clínico o preventivo, o a lo econométrico antes que a lo social.

Para participar del Ateneo, envíenos un email a andres@buenafuente.com 

 

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