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LA CRISIS DE LOS ESTADOS DE BIENESTAR



Palabra clave: Economía de la Salud

 

Autor: Nelson Ardón Centeno[1]

Resumen 

El presente articulo revisa algunas concepciones acerca de los Estados de Bienestar y hace una reflexión sobre la incidencia que en su formulación y concepción tienen algunos factores restrictivos de varias índoles, los cuales son presentados desde la perspectiva de autores que han escrito sobre este tema. Finalmente, trata de analizar los aspectos relevantes que han provocado la crisis en los tan mencionados y afamados Estados de Bienestar. Por tal motivo, en primer lugar aporta una serie de elementos teóricos sobre este debate y analiza, con base en ellos, la crisis que han sufrido los Estados de Bienestar de los países europeos. Con esto aporta a la reflexión, antes que a la simple discusión, pues el tema toca aspectos muy relacionados con la pobreza, la equidad, la justicia y la eficiencia.

Los Estados de Bienestar[2]

Para iniciar es importante aclarar que la aproximación conceptual a los Estados de Bienestar lo haré desde la autora española María Dolores Wenger de la Torre (1998), quien hace una definición muy clara y apegada al enfoque que pretendo dar al escrito; ella dice que: “el Estado de Bienestar entendido como el compromiso del sector público con el pleno empleo, la cobertura universal de servicios sociales y la garantía de unos ingresos mínimos a todo ciudadano, es una forma de organización sociopolítica que nace consolidada en los años cuarenta de nuestro siglo, después de múltiples ensayos de reforma social con raíces seculares”. (Wenger. 1998)

Al revisar el contexto de estos Estados de Bienestar  existen una serie de hechos que marcaron su nacimiento y posterior desarrollo: el llamado “pacto keynesiano” basado en las teorías económicas de Keynes y sociales de Beberidge, que significaban una nueva relación de mercado, jerarquía y valores, el cual fue posible por una serie de circunstancias que facilitaron el entendimiento entre las distintas fuerzas sociales. La depresión económica de los años 30´s  que mostraba un sistema incapaz de generar empleo y bienestar para la mayoría. Las experiencias totalitarias de derecha en Italia y Alemania, la gran amenaza de la revolución comunista en la URSS y el destrozo de la II Guerra Mundial eran razones más que poderosas para la búsqueda de una “tercera vía” que ofreciera a los ciudadanos derechos económicos y sociales, sin sacrificar las libertades del Estado de Derecho; conservadores, liberales y socialistas democráticos compartieron esta estrategia, en la que el mercado cedía parte de su preeminencia al Estado y a los nuevos valores que acompañaban a éste: solidaridad colectiva frente al puro éxito individual y democracia participativa. (Wenger. 1998)

En este momento debo aclara que el pacto keynesiano conllevaba un equilibrio basado en dos condiciones: a nivel interno o de cada país, el capital permitía, en una situación de pleno empleo, la subida de los salarios reales en la misma medida que la productividad, siempre que hubiera estabilidad en la distribución de la renta; esta era la primera condición. La segunda era que el gasto público podía crecer en términos absolutos, pero no en términos relativos. Su crecimiento debería tener un límite, aquel que lo situara como una organización de intermediación que, asegurando mínimos a la población, canalizara hacia el mercado las necesidades sociales. El Estado podía ser complementario, nunca competitivo del sector privado. (Wenger. 1998)

A nivel externo el pacto exigía poner en marcha un orden económico internacional a través del comercio internacional de corte librecambista y con un país hegemónico, Estados Unidos, cuya moneda, el dólar, se convertiría en instrumento de dominación política. Esta dimensión externa exigía también unas condiciones. El mercado debía aceptar un cambio en los otros dos sistemas. El Estado tenía que defender no sólo la propiedad y la libertad, sino que debía constituir un fortísimo poder militar que defendiera el mercado del demostrado poder militar del comunismo. El segundo lugar, debía defender al mercado de sí mismo, diseñando una política económica que garantizara el pleno empleo del capital y el pleno empleo del factor trabajo. (Wenger. 1998)

Así quedó configurado en sus dos dimensiones el Estado de Bienestar en un complicado juego de equilibrios entre cesiones y límites, que aportó al hombre de la calle el nivel de vida más alto y la mayor gama de opciones económicas y profesionales de las que nunca hubiese disfrutado ninguna sociedad conocida. Los gobiernos asumieron la educación, la salud, el seguro de desempleo y las pensiones como derechos sociales de los ciudadanos.

Todo lo anterior posibilitó un modelo con tasas de crecimiento auto sostenidas, de costos reducidos, altas tasas de beneficios, fuerte gasto público y pleno empleo. Se inició así una sociedad satisfecha que legitimaba el sistema, con un ciudadano satisfecho por la posesión de un número cada vez mayor de objetos, desconociendo que el Estado de Bienestar, en la realidad, no significó un verdadero avance en los mecanismos reales de participación y decisión de los ciudadanos.

Modelos de Estados de Bienestar en Europa y Estados Unidos[3]     

Vicente Navarro (1998) en su libro “Neoliberalismo y Estado de Bienestar” nos dice que: “en Europa ha habido dos tipos de Estados de Bienestar: uno históricamente establecido en el centro y sur de Europa, financiado predominantemente con base en las contribuciones sociales (empresarios, empleados y trabajadores), que supeditaba los beneficios (tipo y extensión de la cobertura) a esas contribuciones. Este tipo de Estado de Bienestar se basaba en la población empleada y tanto en su financiación como en su provisión reproducía la estructura laboral y social del país. Después de la Segunda Guerra Mundial, el nivel de beneficios se expandió a fin de asegurar que las transferencias y servicios sociales mantuvieran el nivel de vida a que el contribuyente estuviera acostumbrado, según su ocupación y estatus. Para la población no empleada, las transferencias y servicios se basaban en la demostración de necesidad, según el criterio de necesidad definido por las autoridades político-administrativas”. (Navarro. 1998) El autor menciona que otro punto importante a señalar es que las políticas sociales en este tipo de bienestar iban encaminadas a favorecer el tipo de familia tradicional, basado en un esposo que trabaja y la esposa que cuida los niños y los ancianos.[4] En este sistema, la ayuda familiar no incluía por lo general una política de servicios sociales que facilitaran la incorporación de la mujer a la fuerza de trabajo. (Navarro. 1998)

“La segunda tradición del Estado de Bienestar, dominante en los países del norte de Europa, ha sido la Universalista, en la que la financiación del Estado de Bienestar se ha hecho en su mayor parte con impuestos sobre la renta y los beneficios se han considerado inherentes a la condición de ciudadanía y residencia, independientemente del estado, ocupación y nivel de renta. Este sistema redistribuye recursos entre grupos y clases sociales y favorece la incorporación de la mujer en la fuerza de trabajo, con la provisión de servicios sociales que faciliten tal incorporación”. Debido a una política de nivelación de salarios, los sueldos en los sectores sociales, incluyendo los de los trabajadores de medio tiempo, no eran bajos, evitándose así una polarización social. Es más, estos gobiernos favorecieron políticas redistributivas encaminadas a reducir las desigualdades sociales. (Navarro. 1998)

En Estados Unidos, a diferencia de Europa, el Estado de Bienestar es mayormente privado, tanto en su financiación como en su provisión y se realiza predominantemente a través de las empresas con aportaciones empresariales y de empleados y trabajadores. En este sistema, el desempleo se intenta resolver a través de la jubilación anticipada y sobre todo con la reducción, muy marcada, de los salarios y de la cobertura social privada proveída por las empresas, creando así puestos de trabajo de muy poca calidad.[5] Los servicios sociales, en su mayoría privados, proveen puestos de trabajo de muy mala calidad.

Es importante señalar que independientemente del tipo de Estado de Bienestar que el país tenga, los servicios sociales comunitarios y personales han sido los sectores que han aportado mayores puestos de trabajo en la gran mayoría de los países europeos. La diferencia entre estos países radica primordialmente en el tamaño y tasa de crecimiento de estos sectores y en la calidad de estos puestos de trabajo, es decir, salarios y beneficios. Cuando éstos son altos, como en los países nórdicos, no existe polarización social. Cuando estos son bajos, como en EEUU, hay una polarización social muy marcada. (Navarro. 1998)

Algunas Aproximaciones a los Factores Restrictivos de los Estados de Bienestar

A estas alturas del ensayo quisiera abordar algunas aproximaciones conceptuales de algunos autores, en relación con los factores restrictivos de los Estados de Bienestar, entre los que incluiré  a: Gosta Esping-Andersen (1993), Fiona Williams (1997), Clauss Offe (1990), Zygmunt Bauman (1999), Manuel Castells (1994) cada uno de ellos abordando, desde su perspectiva, los problemas de los Estados de Bienestar.

Gosta Esping –Andersen[6] se plantea algunas interrogantes sobre los Estados de Bienestar: ¿Cómo sabemos cuándo y si un Estado de Bienestar responde funcionalmente a las necesidades del industrialismo o a la reproducción y legitimación capitalista? ¿Son distintos los Estados de Bienestar? ¿Si son distintos en qué se diferencian? Y por último, ¿Cuándo existe de verdad un Estado de Bienestar?; para tratar de resolverlas menciona los aportes de varios autores que estudiaron el concepto de Estado de Bienestar como, Cutright (1965), Wilensky (1975), Hewitt (1977), Stephens (1979), Korpi (1983) y Schmidt (1982-83) todos ellos desde su respectiva perspectiva tratan de explicar las variaciones de los Estados de Bienestar desde la tesis de la movilización de la clase obrera, mencionada por Myles (1984) y Esping-Andersen (1985), hasta el razonamiento de apertura económica anotada por Cameron (1978); pero sin un análisis completo de posibles explicaciones alternativas.

El autor es claro al afirmar que la mayoría de estudios sobre los  Estados de Bienestar lo explican con un enfoque centrado en el gasto, pero que los gastos no necesariamente tienen un comportamiento igual en todos los países con Estados de Bienestar. Pero deja claro que si se estudian los Estados de Bienestar se deben fijar un conjunto de criterios que definan su papel en la sociedad, tomando en consideración los principios por los que voluntariamente se han unido y esforzado los actores históricos, ya que así se descubrirá distintos grupos de regímenes. Habla de fuerzas históricas detrás de éstos regímenes que implican el modelo de la formación política de la clase obrera, en segundo lugar la formación de una coalición política en la transición de una economía rural a una sociedad de clases medias; y, en tercer lugar cómo estas reformas han contribuido en forma decisiva a la institucionalización de las preferencias de clase y del comportamiento político.

El principal problema anotado por el autor es que una teoría que intente explicar el crecimiento del Estado de Bienestar debería ser capaz de comprender su reducción o decadencia, ya que a pesar de que generalmente se cree que los movimientos de retroceso de los Estados de Bienestar se iniciaron cuando las cargas de los gastos sociales se volvieron demasiado pesadas, lo cierto es que esto ha sido lo contrario en los Estados de Bienestar donde los gastos de ayuda social eran más grandes.[7]

Por su parte el abordaje de Fiona Williams[8] trata de estructurar los componentes de un marco para examinar y explicar la importancia histórica y contemporánea de raza, género y clase en la política social comparada[9], desde tres preocupaciones políticas: 1) la búsqueda de una indagación más compleja sobre la naturaleza multifacética de la diferenciación social; 2) la aplicación de algunos de los elementos de esta indagación al estudio comparativo, bastante centrado en clase, de los estados y los regímenes de bienestar; y, 3) proveer una mejor comprensión de los cambios dentro de los regímenes de bienestar que puedan llamarse tentativamente un nuevo orden de bienestar. (Williams. 1997)

Para ella no existen Estados de Bienestar sino regímenes de bienestar y la crisis de los éstos no son por inclusión sino por exclusión con una desvalorización de las variables familia, nación y trabajo, ya que las políticas sociales de los Estados de Bienestar están centradas en relaciones clase-producción con un claro modelo de hombre proveedor. Por tanto el análisis del tema del género en los Estados de Bienestar deben incluir aspectos como: pensión de vejez, salud y seguridad nacional, comedores escolares, supervisión y control de los “débiles mentales”, atención materno-infantil y, vivienda social. (Williams. 1997)

Otro punto importante anotado por Williams es que para los ochenta la mayoría de los regímenes de bienestar se vieron enfrentados con grandes cambios en la organización, condiciones y relaciones sociales dentro de la familia, la nación y el trabajo, debido a  aspectos de gran relevancia: primero, la globalización del capital, la quiebra del Fordismo y la búsqueda de nuevas formas de acumulación de capital las que crearon las condiciones de trabajo para las cuales ya no eran adecuados los antiguos sistemas de seguridad social; segundo, los cambios y rupturas de las condiciones de nacionalidad y vida familiar y de organización familiar (trabajo remunerado femenino, envejecimiento de la población, incremento de la pobreza femenina y la articulación de las demandas de las mujeres a través de los movimientos femeninos) que habían cuestionado las relaciones de la familia con las necesidades, demandas y apoyo de las políticas sociales; y, tercero relacionado con el estado-nación y su articulación con la ciudadanía. (Williams. 1997)

En Algunas Contradicciones del Moderno Estado del Bienestar, Clauss Offe (1990)[10] afirma que hasta mediados de los años 60´s en muchas sociedades capitalistas el modelo de Estado de Bienestar se convirtió en objeto de dudas, crítica fundamental y conflicto político, ya que se hizo problemático en sí mismo y que la confianza indiscutida de él  se desvaneció rápidamente.[11] (1990:135-136) En esa perspectiva su análisis se centra en las dudas y críticas a los Estados de Bienestar.

En primer lugar, aborda el ataque proveniente de la derecha: considera que los  Estados de Bienestar en lugar de armonizar los conflictos de una sociedad mercantil, los exacerba e impide que las fuerzas sociales de paz y progreso funcionen de modo apropiado y benéfico. Esto por dos razones: primero,  porque el aparato del Estado de Bienestar impone una carga fiscal y normativa al capital que equivale a un desincentivo para la inversión; segundo, porque el Estado de Bienestar garantiza pretensiones, títulos y posiciones de poder colectivo a trabajadores y sindicatos que equivalen a un desincentivo para el trabajo. Estos dos efectos conducen a una dinámica de crecimiento decreciente y crecientes expectativas de sobrecarga en la demanda económica (inflación) y una sobrecarga en la demanda política (ingobernabilidad) que cada vez pueden satisfacerse menos por medio de la producción disponible. (Offe. 1990)

En segundo lugar, menciona la crítica de la izquierda socialista: esta crítica se basa en tres puntos importantes determinando al  Estados de Bienestar como: 1) Ineficaz e ineficiente, 2) Represivo y, 3) Condicionador de un entendimiento falso de la realidad social y política dentro de la clase obrera. Los argumentos bajo los cuales apoyan estos puntos son muy interesantes y están relacionados con aspectos como que la estructura institucional del Estado de Bienestar ha hecho poco o nada por alterar la distribución de ingresos entre las dos clases principales que son el trabajo y el capital; el Estado de Bienestar no elimina las causas de contingencias y necesidades individuales sino que compensa las consecuencias de tales eventos; la constante amenaza a que se encuentran expuestas la planificación social y los servicios sociales debido a la crisis fiscal del Estado, que por su parte refleja discontinuidades tanto cíclicas como estructurales en el proceso de acumulación; la crítica a la represividad del Estado de Bienestar es indicada por el hecho de que para acceder a los beneficios y servicios del Estado de Bienestar el cliente no sólo debe probar su necesidad sino ser un cliente merecedor, esto es alguien que se pliega a las pautas y normas económicas, políticas y culturales dominantes de la sociedad.; por último se le critica el demostrar su función de control político-ideológico, ya que el Estado de Bienestar crea la falsa imagen de dos esferas separadas de la vida de la clase trabajadora.[12] Esta división del mundo socio-político oscurece los vínculos y lazos que existen entre ambos, evitando así la formación de un entendimiento político que contempla la sociedad como una totalidad coherente a cambiar. (Offe. 1990)

Finalmente plantea tres puntos en que las críticas liberal-conservadora y socialista coinciden: en ninguna parte se cree ya que el Estado de Bienestar sea la respuesta prometedora y permanentemente válida a los problemas del orden sociopolítico de las economías capitalistas avanzadas; ninguno de estos enfoques están o estarían preparados, atendiendo al interés prioritario de su clientela, para abandonar el Estado de Bienestar, pues realiza funciones esenciales e indispensables, tanto para el proceso de acumulación como para el confort social y económico de la clase trabajadora; y, si bien no hay por parte conservadora ni una teoría coherente ni una estrategia realista sobre el orden social de un Estado no-del Bienestar, no es perfectamente evidente que la situación sea mucho mejor en la izquierda, donde cabría hablar de una teoría coherente del socialismo, pero no de una estrategia consensuada y realista para su construcción. Por ello, el Estado de Bienestar sigue siendo un hecho contestado pero en realidad firmemente engastado en el orden social de las sociedades capitalistas avanzadas. (Offe. 1990)

Zygmunt Bauman (2000)[13] por su parte hace el análisis desde la óptica del trabajo, dice que la idea de bienestar público en general, y de Estado de Bienestar en particular, mantiene una relación ambigua con la ética del trabajo. El bienestar se relaciona con las ideas centrales de la ética del trabajo de dos maneras, opuestas y difíciles de conciliar, que convierten al asunto en eterno tema de debate, sin solución aceptable para todas las partes hasta el momento. Por un lado, los partidarios de garantizar colectivamente el bienestar individual reconocieron siempre el carácter normal de una vida sostenida por el trabajo; señalaban, sin embargo, que la norma no es universalmente válida debido a que no todos lograban un empleo permanente, también había que ayudar a los que estaban transitoriamente desocupados a sobrellevar los tiempos difíciles manteniéndolos en condiciones de retomar algún empleo una vez que la economía se recuperara y se ampliara la disponibilidad de puestos de trabajo. Por otra parte, al garantizar como un derecho, independientemente del aporte realizado por cada uno a la riqueza común, una vida decente y digna para todos, la idea de bienestar público permitía separar el derecho al sustento de las contribuciones productivas socialmente útiles, que sólo se consideraban posibles en el marco de un empleo. (Bauman. 2000)

La contradicción entre ambos enfoques es evidente y legítima; no sorprende por eso que, desde su instauración a comienzos del siglo xx, el Estado de Bienestar haya sido objeto de polémicas. Con buenas razones, fue proclamado por algunos como el complemento necesario de la ética del trabajo; por otros, como una conspiración política en su contra. Sin embargo sigue la duda sobre si el Estado de Bienestar ¿es un agente de represión o un sistema para ampliar las necesidades humanas y mitigar los rigores de la economía de mercado? ¿es una ayuda para la acumulación de capital y el aumento de ganancias, o un salario social que hay que defender y aumentar, como el dinero que se gana trabajando? ¿es un fraude capitalista o una victoria de la clase obrera? el autor anota que el Estado de Bienestar ha sido todo eso y mucho más, ya que surgió como punto de encuentro entre las presiones de una economía capitalista cargada de problemas, incapaz de recrear las condiciones para su propia supervivencia y, por otro lado, por el activismo de los trabajadores organizados, también incapaces de encontrar un seguro contra los caprichosos ciclos económicos. En virtud de lo anterior nadie podía imaginar una sociedad moderna que no estuviera administrada por un Estado de Bienestar, y por años las ideas de abolir o incluso restringir las atribuciones del Estado de Bienestar, de entregar los seguros colectivos a la iniciativa privada, de desestatizar, privatizar o desregular las prestaciones sociales, parecían fantasías imaginadas. Menos de dos décadas más tarde, lo impensable pasó a la orden del día, y un estado para nada benefactor, así como una economía capitalista sin la red de seguridad que significan las garantías establecidas por los gobiernos, se ven como alternativas viables y en camino de transformarse en realidad en todas las sociedades ricas y económicamente exitosas. (Bauman. 2000)

Durante largo tiempo se atribuyó la necesidad de conservar intactas las prestaciones del Estado de Bienestar a un contrato social no escrito entre las clases sociales que, de otro modo, se habrían entregado a una lucha sin cuartel. La sorprendente persistencia del Estado de Bienestar solía explicarse por su papel en la creación y mantenimiento de la paz social: protegía mejor la aceptación por los obreros de las reglas establecidas por sus patrones capitalistas, y lo hacía a un costo más reducido que la ética del trabajo, cuyo único sostén firme habían sido las medidas coercitivas.

El éxito inicial del Estado de Bienestar habría sido inconcebible en una sociedad dominada por el capital si no hubieran existido coincidencias profundas entre los seguros públicos propuestos y las necesidades de la economía capitalista. Entre sus numerosas funciones, el Estado de Bienestar vino a cumplir un papel de fundamental importancia en la actualización y el mejoramiento de la mano de obra como mercancía: al asegurar una educación de buena calidad, un servicio de salud apropiado, viviendas dignas y una alimentación sana para los hijos de las familias pobres, brindaba a la industria capitalista un suministro constante de mano de obra calificada. Y puesto que la reproducción del modo capitalista de producción depende de la renovación constante de su mano de obra, los futuros trabajadores deben prepararse como mercancías que los eventuales empleadores estén dispuestos a comprar. Por tanto, el Estado de Bienestar se dedicó a formar un ejercito de reserva, es decir, nuevas camadas de trabajadores siempre dispuestos a entrar en servicio activo, educados y mantenidos en condiciones adecuadas hasta el momento de ser llamados a las fábricas. Pero ahora, la perspectiva de que los empleadores necesiten regularmente los servicios de ese ejercito de reserva, formado y mantenido por el Estado, son cada vez más remotas y por ello se dejará de lado, seguramente, aquélla fuerza laboral educada, sana y segura que se cultivaba en los mejores tiempos del Estado de Bienestar. (Bauman. 2000)   

Manuel Castells (1997)[14] hace su aporte desde la sociedad informacional anotando que una serie de transformaciones que se han presentado en los países europeos y en norte américa y han afectado profundamente al Estado y a las relaciones específicas entre el Estado y la sociedad. Dice que tal vez es uno de los cambios en curso más profundos y de mayores consecuencias potenciales para la vida cotidiana en la crisis y reestructuración del Estado de Bienestar en las economías avanzadas. La óptica de Castells va encaminada a proponer nuevas instituciones públicas de organización de la solidaridad las cuales deben reposar sobre el análisis razonado de su papel esencial para abordar dos grandes problemas de la sociedad informacional: el estímulo de las nuevas fuentes de productividad económica y la recomposición del tejido social amenazado por el individualismo salvaje y la marginalización de sectores significativos de la sociedad.  Por su parte, la nueva economía informacional es extraordinariamente dinámica, pero también potencialmente excluyente, en la medida en que en su núcleo esencial puede autosatisfacer sus necesidades de trabajo con un grupo relativamente reducido de profesionales altamente cualificados trabajando a destajo, creando así las condiciones para una nueva estratificación social en la que a la división entre ricos y pobres se articula una distinción aún más fundamental entre productores y superfluos. (Castells. 1997)

En torno a estos ejes de productividad informacional y recomposición del tejido social, Castells nos dice que se pueden articular seis políticas: 1) Intervención estratégica del Estado sobre las condiciones sociales de la productividad; 
2) La reforma del empleo y del trabajo; 
3) Una nueva política para la vejez y el ciclo de vida; 
4) Un proteccionismo arancelario reforzado; 
5) La descentralización de la relegitimación de las instituciones de solidaridad; y, 
6) Ampliar los mecanismos de solidaridad a la sociedad civil. A través de este conjunto de políticas sociales podría ir emergiendo un nuevo modo de intervención pública en la sociedad y en la economía, reformando y actualizando gradualmente las instituciones heredadas del Estado de Bienestar. La novedad de dichas políticas podría radicar en su carácter proactivo más que reactivo.[15] (Castells. 1997)

La Crisis del Modelo del Estado de Bienestar

Durante la última década, la escena política e ideológica mundial ha estado dominada por una fuerte ofensiva de las tesis neoliberales que, frecuentemente, han sido hegemónicas en la conducción de las políticas públicas. El Estado de Bienestar ha sido el blanco preferido del bombardeo ideológico a que ha sido sometido el sector público. El efecto real de dichas ideas ha sido relativamente limitado en los sistemas de la protección social.[16] Si bien el triunfo del discurso ideológico neoliberal no consiguió en el corto plazo un recorte sustancial de las prestaciones sociales, sí contribuyó a deslegitimar las instituciones del Estado de Bienestar, preparando el terreno para reformas estructurales que efectivamente privatizaran parte de las prestaciones y redujeran en cantidad y calidad las prestaciones públicas, una vez que éstas fueran restringidas al sector más desfavorecido de la población.[17] La eficacia potencial futura del discurso neoliberal proviene menos de su atractivo cultural que de su confluencia con diversos fenómenos económicos y sociales que conducen, objetivamente, a una crisis del Estado de Bienestar en su forma actual. Lo que no es evidente es que la consecuencia de dicha crisis sea el desmantelamiento del Estado de Bienestar, como pretenden las tesis neoliberales.

Según Manuel Castells (1994)[18]”hay tres aspectos principales en los cuales se ha manifestado la crisis de los Estados de Bienestar: 1) Una crisis presupuestaria de las finanzas públicas, derivada de la distancia creciente entre capacidad contributiva y las obligaciones retributivas del sistema; 2) Una crisis de competitividad económica, en la medida en que en una economía global cada vez más integrada aquellas empresas y países que asumen costos sociales mucho más altos se ven estructuralmente disminuidos en su capacidad de competir en los mercados mundiales, en un proceso acumulativo en el que las empresas europeas tienden a perder partes del mercado, incluyendo el propio, conforme se van aplicando las normas de liberalización del comercio mundial; y, 3) Una crisis de legitimidad, derivada de la pérdida de apoyo social y político al Estado de Bienestar y del debilitamiento de los sindicatos y partidos políticos que defendían las instituciones de protección social.” (Castells. 1994)

Asimismo menciona que la crisis es resultante de la convergencia interactiva de cuatro procesos característicos de los países europeo-occidentales en los años noventa: 1) El deterioro de la relación entre cotizantes y beneficiarios de los sistemas de protección social como resultado de las tendencias demográficas, culturales y económicas de estas sociedades.[19] 2) La continuidad del Estado de Bienestar con los rasgos que lo caracterizaron en el último medio siglo encuentra una dificultad suplementaria: la creciente diversificación y segmentación de la sociedad. En efecto, el capitalismo organizado en torno a la producción de masa estandarizada y gestionada por grandes corporaciones y sus sistemas satélites tuvo como consecuencia la homogeneización de las condiciones de trabajo, sueldo y estilo de vida de la población, estratificada verticalmente en torno a un modelo semejante de producción y de consumo. 3) El proceso de individualización se refuerza en el ámbito cultural con la creciente hegemonía del individualismo en el sistema de valores de la sociedad. La crisis de las organizaciones sociales de solidaridad, la decadencia de las ideologías políticas progresistas sometidas a la prueba de fuego de su realización histórica y la crisis de la familia patriarcal, han convergido hacia el reforzamiento del individuo como centro de los procesos de acumulación de riqueza, poder y deseo. 4) La formación  de una economía global como unidad de actuación fundamental de los agentes económicos cambia la estructura de la competencia entre empresas, países y regiones. La capacidad creciente de producir y vender en cualquier lugar del planeta en procesos interdependientes hace que aquellos países que, por razones históricas, ofrecen niveles mucho más bajos de protección social dispongan de ventajas competitivas esenciales en lo que se refiere a costos de producción. Estas estrategias empresariales reducen la base de empleo en Europa, y por consiguiente, agravan la crisis del Estado de Bienestar, privado de los recursos necesarios y considerado por las empresas como una carga insoportable en el marco de la nueva competencia internacional. (Castells. 1994)

Conclusiones

El recorrido anterior a través de los desarrollos del estado de bienestar y la crisis que ha sufrido permite llegar a las siguientes conclusiones:

1. Todos los aspectos anteriores convergen hacia una crisis estructural del Estado de Bienestar que, al mismo tiempo, debilita a las fuerzas políticas y sociales que lo defienden, en particular a los sindicatos, partidos y administraciones públicas partidarios de su mantenimiento. Por ello, el proceso político a través del cual se decidirá la evolución futura del Estado de Bienestar dependerá en buena medida de que sus defensores se sitúen en el nuevo contexto histórico y defiendan los valores de solidaridad expresados en el viejo Estado de Bienestar en un nuevo modelo adecuado a las economías y sociedades actuales.  

2. Algunos autores defienden la necesidad del Estado de Bienestar, afirmando que hoy, más que nunca, es necesario su papel activo frente a las fuerzas incontrolables del mercado, y proponen caracterizar al Estado de Bienestar  por su solidaridad con el tercer mundo.

3. Hoy más que nunca es necesario el Estado de Bienestar como garante de los derechos sociales, pero reformándolo en la línea de una mayor participación social, eficiencia y mayor democratización del Estado, que posibilite su capacidad de dar respuesta a las nuevas necesidades sociales.

4. Finalmente, es clara la necesidad de reformar el modelo productivo actual con políticas económicas radicalmente diferentes a las actuales, que respondan a los enormes y cualitativos cambios de la tercera revolución industrial y sus consecuencias, sobre todo en el terreno del empleo, que necesariamente hay que repartir a medio plazo, como un bien escaso.

Bibliografía

  1.   Alemán Bracho, Carmen y Garcés Ferrer, Jorge. Política
        Social.
Editorial McGraw-Hill. Primera Edición. Madrid, España.            1998

  1. Navarro, Vicente. Neoliberalismo y Estado de Bienestar. Editorial Ariel Sociedad Económica. Segunda Edición. Barcelona, España. 1998. Páginas 72-119

  2. Giner, Salvador y Sarasa, Sebastián. Buen Gobierno y Política Social. Editorial Ariel Ciencia Política. Primera Edición. Barcelona, España. 1997

  3. Bauman, Zygmunt. Trabajo, consumismo y nuevos pobres. Editorial Gedisa. Primera Edición. Barcelona, España. 2000. Páginas 73-93

  4. Castel, Robert. La metamorfosis de la cuestión social: Una crónica del asalariado. Editorial Paidós Estado y Sociedad. México D.F. 1997

  5. Esping-Andersen, Gosta. Las tres Economías Políticas del Estado del Bienestar. En: Los tres mundos del Estado de Bienestar. Ediciones Alfons El Magnamín. Institució Valenciano D´Estudio y Investigació. Valencia, 1993. Páginas 25-55

  6. Williams, Fiona. Raza, Etnia, Género y Clase en los Estados de Bienestar: Un marco de análisis comparativo. En: Papel Político N° 5. Bogotá, 1997. Páginas 49-84

  7. Offe, Clauss. Algunas contradicciones del moderno Estado del Bienestar. En: Contradicciones en el Estado Bienestar. Editorial Alianza. Madrid, 1990. Páginas 135-150

  8. Castells, Manuel. Hacia el estado red? Globalización económica e instituciones políticas en la era de la información. Ponencia presentada en el seminario sobre Sociedad y Reforma del Estado. Brasil, 1998. Páginas 173-189

  9. Wenger de la Torre, María Dolores. Estado de Bienestar, Políticas Económicas Actuales y Vías Alternativas. En: Política Social, Capitulo 4. Editorial McGraw-Hill, Primera Edición. España, 1998. Páginas 79-99



[1] Odontólogo, Magíster en Administración de Salud, Magíster en Educación con Énfasis en Educación Superior y Especialista en Política Social de la Universidad Javeriana; profesor-investigador de los Programas de Posgrado en Administración de Salud y Seguridad Social de la Universidad Javeriana.

[2] Wenger de la Torre, María Dolores. Estado de Bienestar, Políticas Económicas Actuales y Vías Alternativas. En: Política Social, Capitulo 4. Editorial McGraw-Hill, Primera Edición. España, 1998. Páginas 79-99

[3] Navarro, Vicente. Neoliberalismo, Desempleo y Estado de Bienestar. En: Neoliberalismo y Estado del Bienestar, Capitulo 2. Editorial Ariel Sociedad Económica S.A. Segunda Edición. España, 1998. Páginas 72-119

[4] Más adelante trabajaremos este tema con una mayor profundidad utilizando los abordajes de la inglesa Fiona Williams.

[5] El 79% de todo nuevo empleo entre 1989-1999 fueron contratos temporales y de medio tiempo con sueldos muy bajos y con una limitada protección social.

[6] Esping-Andersen, Gosta. Las Tres Economías Políticas del Estado de Bienestar. En: Los Tres Mundos del Estado Bienestar. Ediciones Alfons El Magnánimo, Institució Valenciano D´Estudio y Investigació. Valencia, 1993. Páginas 25-55

[7] La explicación de esto es que los riesgos del retroceso del Estado de Bienestar no dependen de los gastos, sino del carácter de clase del Estado de Bienestar. Los Estados de Bienestar de las clases medias forjan lealtades de clases medias, por el contrario, los Estados de Bienestar residuales dependen de las lealtades de un estrato social débil y con frecuencia políticamente residual.

[8] Williams, Fiona. Raza, Etnia, Género y Clase en los Estados Bienestar: Un Marco para Análisis Comparativo. En: Revista Papel Político N° 5 de Abril de 1997. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Colombia, 1997. Páginas 49-84

[9] Esta estructuración del marco de referencia para el análisis de familia, nación y trabajo análisis lo hace desde las aproximaciones de varios autores Gosta Esping-Andersen (1990), Jane Lewis (1992), Ann Shole Orloff (1993), Norman Ginsburg (1992) y Sthephen Castells y Mark Miller (1993).

[10] Offe, Clauss. Algunas Contradicciones del Moderno Estado del Bienestar. En: Contradicciones en el Estado Bienestar. Alianza Editorial. Madrid, 1990. Páginas 135-150

[11] al respecto el autor afirma “... en vez de ser una fuente separada y autónoma de confort que suministra ingresos y servicios como un derecho ciudadano, el Estado de Bienestar en sí depende altamente de la prosperidad y la continua rentabilidad de la economía”.

[12] “Por una parte, la esfera del trabajo, la economía, la producción y la distribución del ingreso y por otra, la esfera de la ciudadanía, el Estado, la reproducción y la distribución”.

[13] Bauman, Zygmunt. Ascenso y Caída del Estado Benefactor. En: Trabajo, consumismo y nuevos pobres.  Capitulo 3. Editorial Gedisa. Barcelona, España. 2000, Páginas 73-93

[14] Castells, Manuel. El Futuro del Estado de Bienestar en la Sociedad Informacional. En: Buen Gobierno y Política Social. Capitulo 10. Editorial Ariel Ciencia Política. Barcelona, España. 1997, Páginas 173-189

[15] Medicina preventiva e higiene pública. Programas sociales de educación sobre la drogadicción en las escuelas y prevención de la delincuencia juvenil en los barrios. Políticas de formación y reciclaje susceptibles de reducir el paro e incrementar la productividad. Políticas de empleo capaces de continuar la trayectoria histórica de reducción de la jornada de trabajo sobre la base de un aumento de la productividad. Promoción del voluntariado y de la cultura de la solidaridad mediante la intervención activa de los gobiernos locales y regionales en sus entornos sociales. Utilización de las nuevas tecnologías de información para multiplicar la eficiencia y el alcance de dichas intervenciones, con la mirada puesta en el efecto de demostración y en la sinergia de actividades más que en el cumplimiento de mandatos administrativos dentro de los límites de las obligaciones presupuestarias.

[16] Manuel Castells nos dice que: “ Ni la Administración Tatcher en el Reino Unido ni la Administración Reagan en Estados Unidos consiguieron reducir sustancialmente el gasto social a pesar de sus extraordinarios esfuerzos en privatizar los segmentos rentables y penalizar los grupos sociales más desfavorecidos, siguiendo la vieja lógica de que sólo la amenaza de un infierno social puede estimular a los pobres para que se conviertan en trabajadores.

[17] El mayor impacto en ambos países fue en la vivienda social, con el resultado, en los Estados Unidos, de crear una población sin casa que vaga por las calles de las grandes ciudades. Pero como la mayoría del gasto público se relaciona con las pensiones de jubilación, la dificultad política y cultural de recortar sustancialmente dichas pensiones hizo inoperantes los esfuerzos conservadores en reducir el gasto.

[18] Castells, Manuel. El Futuro del Estado del Bienestar en la Sociedad Informacional. Ponencia presentada en el simposio Las áreas de servicios personales: análisis del proceso y propuestas d futuro. Barcelona, 1994. Páginas 173-189

[19] En efecto, lo esencial de los problemas de financiación del Estado de Bienestar proviene de la carga creciente de las pensiones y de los gastos sanitarios, que también se concentran en los viejos y, sobre todo, en los más viejos.

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Setiembre 2003
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